Siguiendo la ruta de la Traslatio desde el mar hasta el altar
Cada amanecer en la ría de Arousa trae consigo una bruma que envuelve los muelles como un velo misterioso, y allí, en el puerto de Vilagarcía, me embarqué en una travesía que fusiona el susurro del mar con el eco de leyendas antiguas, sintiendo cómo el viento salino me impulsaba hacia un peregrinaje único que rememora el viaje de los restos del Apóstol Santiago. El camino de Santiago en barco en Vilagarcía de Arousa se reveló ante mí como una variante marítima inolvidable, donde el agua se convierte en el sendero principal y los cruceiros emergen del fondo marino como guardianes silenciosos, marcando la ruta con sus cruces de piedra que desafían las olas y evocan la fe de siglos pasados, mientras el barco avanza suavemente por la ría, dejando atrás las costas de Vilanova y adentrándose en un paisaje donde el azul del mar se funde con el verde de las colinas gallegas que custodian este trayecto espiritual. A medida que el motor ronroneaba y el capitán narraba anécdotas de peregrinos que habían surcado estas aguas antes que yo, observé cómo los primeros cruceiros aparecían como apariciones etéreas, erguidos sobre rocas sumergidas o plataformas que el tiempo ha erosionado pero no destruido, cada uno contando una historia de devoción y milagros, con inscripciones desgastadas por la sal que invitan a reflexionar sobre el viaje del Apóstol desde Jaffa hasta estas costas atlánticas, un periplo legendario que transforma este tramo en algo más que un simple paseo náutico, sino en una experiencia que conecta el alma con la historia viva de Galicia, donde el oleaje suave me mecía como si el mar mismo me guiara hacia Santiago. El sol se filtraba a través de nubes dispersas, iluminando las bateas de mejillones que flotan como jardines acuáticos en la ría, y mientras el barco viraba ligeramente para evitar corrientes traicioneras, avisté más cruceiros alineados en una procesión submarina, sus formas góticas o barrocas emergiendo apenas sobre la superficie durante la marea baja, recordándome que esta ruta Traslatio no es solo un atajo para los pies cansados de los caminantes terrestres, sino un homenaje al mar que trajo la fe a estas tierras, permitiéndome absorber la serenidad del paisaje donde islas como Arousa se perfilan en el horizonte con sus playas ocultas y acantilados que susurran secretos a los vientos, todo ello mientras compañeros peregrinos compartían sus motivaciones, desde la búsqueda espiritual hasta el simple placer de navegar por uno de los rincones más mágicos de las Rías Baixas.
A medida que avanzábamos, el río Ulla se abría ante nosotros como una continuación natural del mar, con sus aguas cada vez más dulces mezclándose en un abrazo salobre que marca el paso de lo oceánico a lo fluvial, y allí, entre las curvas del cauce, más cruceiros se revelaban, algunos cubiertos de musgo y algas que les dan un aire místico, como si fueran reliquias vivas que testifican el milagro de la llegada del Apóstol, haciendo que el viaje se sintiera como un ritual personal donde cada ola y cada piedra sumergida contribuían a una meditación profunda sobre el peregrinaje, no solo físico sino interior, en un entorno donde la naturaleza gallega despliega su esplendor con bancos de arena que emergen y desaparecen, aves marinas que planean sobre nosotros y el aroma a eucalipto que llega desde las orillas boscosas, todo ello tejiendo un tapiz sensorial que hace que este camino marítimo sea incomparable a las rutas terrestres, ofreciendo una perspectiva única desde el agua que amplifica la belleza de Galicia y su conexión con el legado jacobeo. El barco, con su casco blanco cortando el agua, me permitió capturar momentos de pura introspección, como cuando pasamos cerca de un cruceiro dedicado a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, cuya figura tallada parecía bendecir nuestra travesía, y mientras el guía explicaba cómo esta ruta conmemora la traslación del cuerpo del Santo en una barca de piedra guiada por ángeles, según la tradición, yo no podía dejar de maravillarme ante la armonía entre mito y realidad, donde el paisaje se convierte en protagonista, con pueblos como Pontecesures aproximándose en la distancia, sus puentes antiguos reflejándose en el río y preparando el terreno para el tramo final a pie hasta Padrón, pero antes, el deleite de ver cómo los cruceiros forman una vía crucis acuática, cada uno con su cruz elevándose como faros de fe en medio del fluir constante del agua, invitándome a pausar y absorber la paz que emana de este peregrinaje híbrido que une mar, río y espíritu en una sinfonía gallega inolvidable.
Con el sol ascendiendo más alto, el calor suave del mediodía empezó a disipar la niebla residual, revelando detalles finos en los cruceiros que pasábamos, como grabados de conchas y estrellas que simbolizan el Camino, y el barco, navegando a un ritmo pausado, permitió que el grupo intercambiara impresiones sobre cómo esta variante espiritual enriquece la experiencia jacobea, añadiendo un elemento de aventura náutica que contrasta con el polvo de los senderos terrestres, mientras las orillas se poblaban de viñedos y huertos que descienden hasta el agua, recordándome la fertilidad de estas tierras que han nutrido generaciones de peregrinos, y en ese momento, sentí una conexión profunda con los discípulos que, según la leyenda, trajeron al Apóstol hasta aquí, imaginando sus velas hinchadas por el mismo viento que ahora impulsaba nuestro motor, todo ello en un trayecto que, aunque breve en distancia, se extiende en el tiempo a través de siglos de devoción, haciendo que cada ola sea un paso hacia la catedral lejana. Al aproximarnos a Pontecesures, el río se estrechaba, y los cruceiros finales se erguían con mayor solemnidad, como si anunciaran la transición al camino pedestre, pero antes de desembarcar, absorbí la vista panorámica de la ría retrocediendo detrás de nosotros, con sus islas y bateas despidiéndonos, y pensé en cómo este peregrinaje marítimo no solo acorta millas sino que amplifica emociones, ofreciendo un respiro en el agua que renueva el espíritu para los kilómetros restantes hasta el altar, donde el mar y la fe se entrelazan en una narrativa eterna que sigue atrayendo almas de todo el mundo a estas costas gallegas.
El desembarco en Pontecesures trajo una mezcla de nostalgia por el mar dejado atrás y anticipación por el tramo final a Padrón, donde la tradición sitúa la llegada del Apóstol, y caminando esos últimos kilómetros, al fin conseguimos nuestro propósito de llegar a Santiago de Compostela de una forma diferente.