Cláusulas abusivas en hipotecas: qué son y cómo puedes reclamarlas

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Las cláusulas abusivas hipotecas en Narón pueden sonar a trabalenguas financiero, pero afectan a miles de hipotecados que, sin comerlo ni beberlo, acaban firmando letra pequeña que haría temblar a más de un contable. ¿Qué esconden esos artículos que parecen escritos por piratas de alto standing? Básicamente, condiciones impuestas por la entidad prestamista que desequilibran los derechos del consumidor en favor del banco, un auténtico negociado donde el ahogado se agarra a un clavo ardiendo mientras el banco ajusta tornillos a su gusto.

En esencia, una cláusula abusiva es un término contractual que va más allá de lo razonable y choca con la buena fe. No hablamos de la comisión por impago que pagamos a regañadientes ni de la revisión trimestral del interés —aunque a veces parezca un ajuste de precio instantáneo—, sino de prácticas como subidas de tipos unilateralmente definidas o consideraciones que obligan al cliente a asumir costes imposibles de prever. Imagina firmar un apéndice que autorice al banco a retener tu nómina o a embargar más allá de lo pactado si te retrasas un solo día; situación kafkiana que, por desgracia, no está tan lejos de la realidad como nos gustaría.

La jurisprudencia del Tribunal Supremo y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha emitido sentencias clave: la famosa cláusula suelo fue el primer gran escándalo mediático, pero no el único. Desde intereses de demora desorbitados que superan el 20% anual hasta condiciones que obligan al cliente a pagar todos los gastos de formalización de la hipoteca, los ejemplos se multiplican. Estos tribunales han sentado doctrina: cualquier condición que cause un desequilibrio importante en perjuicio del consumidor puede considerarse abusiva y, por tanto, nula de pleno derecho. El mortecino silencio tras la firma no vale: el cliente puede reclamar en cuanto detecte esa anomalía contractual.

¿Cómo emprender la batalla contra lo que parece un gigante de traje y corbata? En primer lugar, conviene examinar el contrato con lupa (o con un ojo de águila), acompañados por un profesional del Derecho o por asociaciones de consumidores. Un simple vistazo a la escritura puede revelar costes que no deberían haber sido trasladados al prestatario: gastos de tasación, comisión de apertura, costes de gestoría que, por ley, deberían sufrir a medias. El enfoque es claro, pero requiere paciencia y constancia; hay quienes incluso han recurrido a Twitter para exhibir ejemplos de cláusulas inverosímiles y sumar voces a su causa, demostrando que el humor también puede ser un arma de reivindicación colectiva.

El siguiente paso consiste en presentar una reclamación formal ante el servicio de atención al cliente del banco. No basta con asomarse a la taquilla y soltar “Oiga, esto no me cuadra”; hay que enviar un escrito detallado, argumentando la nulidad de la cláusula abusiva y solicitando la devolución de las cantidades cobradas indebidamente. Si la entidad responde con una negativa o, peor aún, con un silencio administrativo cómplice, el camino pasa por la vía judicial. A muchos les intimida litigar contra una gran entidad, pero las estadísticas demuestran que la banca suele preferir acuerdos extrajudiciales antes que amontonar sentencias adversas.

La clave para ganar la partida está en el análisis pormenorizado de la escritura y en la presentación de pruebas: extractos bancarios donde se aprecien los cargos cuestionados, peritajes que avalen el desequilibrio contractual y la colaboración con despachos especializados. Aunque algunos bufetes parecen cobrar al nivel de tasas de justicia de Marte, existen abogados que ofrecen asesoramiento con tarifa plana para reclamaciones masivas; un alivio para quienes, de otro modo, renunciarían a cualquier acción judicial.

Además, la presión mediática y en redes sociales ha empujado a muchos bancos a modificar sus políticas internas, eliminando de forma retroactiva cláusulas controversiales. Cuando el ruido ciudadano es lo suficientemente alto, ni la más recalcitrante entidad bancaria se atreve a sostener en pie una cláusula que pueda arrastrar una denuncia colectiva. Se ha visto cómo movimientos de protesta y denuncias en cadena han propiciado compensaciones millonarias para los afectados en toda España, dejando el bolsillo de los bancos algo más seco y el de los hipotecados un poco más lleno.

Con sentido del humor y dosis de tenacidad, cualquier hipotecado puede zafarse de condiciones leoninas. Y aunque no hayan inventado aún una poción mágica para convencer instantáneamente al banco, existe una poderosa herramienta: el conocimiento de tus derechos. Armado con el respaldo de la ley, la jurisprudencia y el apoyo de profesionales, recuperar lo pagado de más y eliminar cadenas contractuales injustas deja de ser un sueño para convertirse en una victoria tangible. No hace falta ser un superhéroe financiero, solo estar dispuesto a pelear por lo que es justo.