Construcción naval artesanal con tecnología de vanguardia

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A las siete de la mañana, cuando la niebla aún roza las bateas de la ría y el eco de las gaviotas compite con el zumbido de una sierra, en Cambados se entiende por qué la tradición y la innovación comparten mesa como dos viejos amigos que discuten por deporte; en ese paisaje salado, la construcción naval en Cambados se manifiesta con un vigor que huele a madera húmeda, resina templada y café de termo. Hay virutas en el suelo, sí, pero también hay un portátil abierto con un modelo 3D de una dorna en la pantalla, rotando como si bailase una muñeira digital, mientras un maestro carpintero palpa una cuaderna con los nudillos y dictamina, con más precisión que un ecógrafo, si canta bien o desafina.

El oficio de ribera, al que muchos daban por romántico e impráctico, ha encontrado su media naranja en el mundo de los sensores y las cámaras láser. En un taller a pie de muelle, Antón, que de joven aprendió a marcar escantillones con tiza sobre el suelo, ahora apunta con un escáner portátil que captura el casco de una embarcación histórica en millones de puntos. “Antes medíamos con ojo y paciencia; ahora con ojo, paciencia y nube de puntos”, dice, mientras su ayudante, Sara, ingeniera naval formada en Vigo, ajusta curvas en el ordenador. Las líneas maestras nacen del conocimiento heredado, pero se pulen en software de diseño asistido que calcula desplazamientos, centros de carena y hace que la madera dialogue con la física en un idioma común. No se trata de traicionar el alma del barco, sino de darle un cuerpo que respire con mayor eficiencia, que gaste menos combustible y que se lleve mejor con el oleaje travieso de la ría.

En la nave contigua, un CNC recorta plantillas con tolerancias que habrían hecho llorar de alegría al abuelo de cualquier carpintero. No reemplaza el formón; le ahorra discusiones con el milímetro. Los baos salen perfectos, las bancadas se repiten sin sorpresas y, cuando toca doblar tracas, la estufa controla la humedad y la temperatura vía app, sin necesidad de rezar a San Vapor cada cinco minutos. Hay humor, por supuesto: alguien ha pegado una etiqueta a la caldera que pone “calor humano, versión 2.0”. Entre bromas y rodillos de resina, los cascos combinan roble y pino del país con refuerzos de fibra donde la normativa exige músculo, y el conjunto logra esa mezcla extraña de cuerpo clásico con articulaciones modernas que se traduce en seguridad, confort y un comportamiento noble en la mar.

La tecnología no solo moldea madera: la protege. En una estantería descansan sensores de humedad del tamaño de una moneda que, una vez instalados, envían datos al teléfono del armador. Si una bodega llora más de la cuenta o una sentina estornuda, suena una alerta antes de que el problema huela. Por encima del varadero, un dron hace pasadas rutinarias y captura imágenes térmicas del casco para detectar puntos calientes en instalaciones eléctricas y en motores híbridos que ya empiezan a verse en pequeñas embarcaciones de trabajo y en lanchas de recreo. La combinación de propulsión eléctrica para maniobras en puerto y motores tradicionales para travesías más largas convence a marineros que quieren gastar menos y sonar menos; la ría agradece el susurro.

La sostenibilidad, lejos de ser un eslogan pintado en verde, baja al taller con botas de goma. Las maderas llegan con certificaciones forestales y una trazabilidad que detalla el monte y la fecha de tala; se reaprovechan tablones de viejas embarcaciones, se liman piezas para darles segunda vida donde la estética tolera cicatrices nobles, y las resinas bio-basadas entran en catálogo sin exigir sacrificios en rendimiento. En el tejado, placas solares que parecen una flotilla de rectángulos azules alimentan hornos de curado y cargadores de baterías para herramientas y para los propios barcos que hacen escala. Un operario bromea con que el sol de Galicia carga lento, pero cuando la factura eléctrica baja, se vuelve casi tropical.

Desde el punto de vista del cliente, la ecuación se vuelve tentadora. La personalización que antes implicaba sorpresa y retrasos, ahora viene con planos compartidos en tiempo real, visitas virtuales al modelo, disponibilidad de piezas gracias a códigos QR que coordinan proveedores y, lo más goloso, pruebas de mar más cortas porque las simulaciones previas han hecho parte del trabajo sucio. Un patrón de nasas que encarga una embarcación para faenar cerca de las bateas puede pedir una cubierta pensada para no tropezar con cuerdas y equipos, con pasavantes más generosos y cofres con drenaje calculado; la lanzan, la prueba, la corrige un milímetro con el equipo y vuelve a ría en cuestión de días con la sensación de estrenar botas que no hacen rozadura.

La identidad local sale fortalecida. No es un museo, es un ecosistema vivo en el que los apellidos de siempre se juntan con jóvenes que vuelven al pueblo con un portátil bajo el brazo y ganas de ensuciarlo con serrín. Las escuelas de formación profesional envían alumnado que aprende a planchar fibra y a leer una beta, a programar una fresadora y a elegir la gubia adecuada. Hay colaboración con universidades para recuperar líneas de embarcaciones tradicionales, documentarlas con rigor y adaptarlas a normativas actuales sin perder carácter; de ese cruce salen dornas con alma de siempre y facilidad para planear que enciende sonrisas en las regatas locales. La ría, al final, no es solo agua: es archivo y laboratorio.

En el puerto, la conversación económica también entra en escena. Astilleros pequeños que antes miraban el calendario con resignación ahora ofertan servicios capaces de captar trabajos de mantenimiento avanzado, retrofits de equipos electrónicos, instalación de sistemas de navegación que cabrían en un reloj, y soluciones a medida para armadores que no quieren elegir entre tradición y rendimiento. El boca a boca funciona mejor que cualquier campaña, pero un vídeo en redes, grabado con gracia, mostrando cómo se curva una traca o cómo se calibra un piloto automático, alcanza audiencias inesperadas y atrae a curiosos que, con suerte, acaban encargando una embarcación o recomendando el taller a un primo que viene de Barcelona con ganas de sal y madera.

El día que se bota un nuevo casco, el ritual conserva sus símbolos y adopta otros. Cae el champán en la roda, un gaitero rasga el aire con un pasodoble que provoca piel de gallina, y un dron filma la estela mientras el patrón comprueba en su pantalla que el consumo por milla es mejor de lo previsto. Los mayores asienten desde el muelle, midiendo con la mirada ángulos de caída y nervio de la obra viva, y los pequeños preguntan si esa tablet es también para jugar. En la ría, el barco avanza con dignidad y chispa, como quien ha hecho los deberes y aún así se guarda una broma para el recreo. En Cambados, el rumor del serrucho ya no compite con la modernidad: la invita a entrar, le ofrece un café y la pone a trabajar al ritmo de la marea.